La reciente presentación en la ciudad de Medellín de Sophia, la más famosa robot humanoide del mundo, creada por la compañía estadounidense Hanson Robotics, despierta como en tantos otros lugares la curiosidad de grandes públicos acerca de los increíbles alcances de la Inteligencia Artificial (IA), pero curiosamente, acerca del personaje en sí mismo. Este androide, que según sus creadores “tiene personalidad y sentimientos”, y que impresiona a muchos por su capacidad para reproducir expresiones faciales propias de los humanos y sostener conversaciones, aparentemente espontáneas y coherentes, es más que nada un impresionante desarrollo en el que convergen avanzadas tecnologías de la robótica, tales como cámaras de reconocimiento de objetos, movilidad en extremidades, reconocimiento de voz y sintetización del lenguaje natural.

Representación clásica del humanoide

Pero más allá de la genialidad tecnológica que representa, su creación y su constante exposición alrededor del mundo plantean cuestiones bien interesantes sobre los retos, las posibilidades, las implicaciones y, hasta los eventuales riesgos, que enfrenta la humanidad con la expansión de la Inteligencia Artificial. El desarrollo de robots humanoides que poseen capacidades de aprendizaje e, incluso, pueden reproducir habilidades sociales y reacciones humanas, genera por lo menos preguntas sobre el lugar que eventualmente éstos ocuparán en nuestra sociedad.

Tal vez nunca veremos hacerse realidad el oscuro panorama planteado por las historias de ficción en donde los robots inteligentes someten a la raza humana, ni llegaremos al punto en que todas nuestras actividades serán realizadas por máquinas pero, sí quedan inquietudes sobre el grado en que la industria y las profesiones que, lentamente se deshumanizan o, sobre cuál será el escenario laboral en un mundo en el que cada vez más tareas son desarrolladas por Inteligencias Artificiales. De seguro, como ya lo hemos evidenciado tras las grandes disrupciones tecnológicas de la historia, nos seguiremos adaptando y sabremos aprovechar los nuevos desarrollos para nuestro beneficio.

No obstante, más que los riesgos de la IA en sí, lo que resulta potencialmente amenazador son las intenciones de los propios humanos, que con mucha frecuencia, somos los principales saboteadores de nuestra evolución, dado nuestro inherente egoísmo y nuestra ambición natural.

Como muchas otras tecnologías, los robots fueron concebidos con el propósito de servir a la sociedad humana y reducir los esfuerzos y/o riesgos que conllevan cientos de actividades, lo cual, de paso permite disminuir costos y elevar exponencialmente la productividad. De hecho, según David Hanson, creador de Sophia, este tipo de humanoide fue diseñado con el objetivo primordial de asistir a personas con discapacidades (como los adultos mayores) para la realización de actividades cotidianas básicas. Hoy por hoy, se haya convertido en una especie de “Rock star” es una consecuencia de la campaña de marketing / difusión que la compañía ha hecho alrededor del mundo, en la que se ha puesto de manifiesto el potencial de su configuración tecnológica.

Esto da para pensar que los miles de aplicaciones de la IA que ya hoy conocemos son apenas una minúscula porción de lo que esta tecnología está en capacidad de aportar en adelante.

Por otro lado, ante la curiosidad que generan estas máquinas humanoides que replican con tanta exactitud algunas de nuestras conductas y habilidades, surge la cuestión de: hasta qué punto son capaces imitar lo que somos y desarrollar una autonomía o una “personalidad” marcada por reacciones instintivas con rasgos emocionales y psicológicos propios? Hay que reconocer que la IA supera de forma descomunal nuestras capacidades mentales y nos aventaja ilimitadamente en el cálculo y las operaciones lógicas, así como en el almacenamiento y la utilización de información. Adicionalmente, los robots están libres de las limitaciones físicas y mentales que nos caracterizan y, por ende, su productividad es infinitamente superior a la nuestra. No obstante, aún si todas las variables y la alta tecnología que intervienen en su programación los capacitan para aprender y reproducir conductas y expresiones humanas, parece impensable que puedan desarrollar emociones propias o, que tengan esa esencia interior que nos define como humanos, llámese alma, espíritu, ser, energía primordial, etc.

En este sentido, la consciencia, la sensibilidad y toda la configuración psíquica propia de las personas aparece como algo que la IA nunca estará en capacidad de crear.

A mi juicio, lo que más llama la atención sobre los robots humanoides, más que su tecnología compleja y su posibilidad de superarnos en casi todo, es que podamos reconocer en ellos un parecido con nosotros mismos y que, aunque de forma programada y artificial, puedan imitar incluso esos rasgos que nos hacen más intrínsecamente humanos. La reflexión que ello plantea aparece como una pregunta por nuestra propia naturaleza y nuestras características irrepetibles pero, también, por la capacidad que tenemos para destruirnos o construir en virtud de nuestro potencial para para el mal o la grandeza.

Esta consideración, que quizá entra en los límites de la filosofía, se aleja de la simple noticia tecnológica y de los ingenuos miedos populares relacionados con la IA, representa sin embargo, un espacio para pensarnos y dimensionar lo que estamos en capacidad de lograr mientras nuestro recurso fundamental sea esa esencia que ninguna tecnología puede replicar.

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Julian Gomez

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Diseñador gráfico de profesión, escritor por pasión. Apasionado por las ciencias humanas y sociales. Habitante curioso del mundo, crítico constructivo de la tecnología y las transformaciones globales. Coach profesional en formación.

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