En la era de la visibilidad y la híper conexión se multiplican los espacios para interactuar con otros, opinar, mostrarse, entretenerse y contar historias de la vida cotidiana. Abunda la información, se crea contenido en cantidades industriales y se reproducen sin pausa los productos tecnológicos que estimulan nuestros sentidos. Al tiempo que disponemos de más medios para comunicarnos, parece también aumentar la fragilidad de las interacciones humanas y vivimos tan rodeados de mensajes, que estar en silencio se ha convertido en algo inusual.

La velocidad con que todo llega y se va, así como el carácter efímero de la información y la comunicación, son señales evidentes de la inmediatez que define hoy al mundo, y ese ritmo vertiginoso, además de sobrecargarnos mentalmente, hace que nuestro sentido del “yo” se torne escurridizo e indefinido. Cada vez parecemos menos capaces de crear una identidad duradera y, en cambio, damos forma a un ego inestable que se fortalece en la mirada del otro y en la posibilidad de ser reconocido en los novedosos espacios sociales a que han dado lugar los nuevos medios.

Ruido de las redes sociales

Ante la certeza de una sociedad sobre informada y muchas veces obnubilada por todo lo novedoso, de forma paralela toma fuerza una tendencia que reconoce la necesidad de parar y hacer actos de consciencia para abrir los canales de comunicación con nosotros mismos y conectar con el silencio interior y la inagotable fuente inspiración que por naturaleza poseemos los seres humanos. Al tiempo que la tecnología define mucho de lo que es el mundo actual, se impone también una línea de pensamiento que reconsidera el papel central del elemento humano en la evolución y el progreso, y reconoce que todos los grandes desarrollos tienen origen en nuestra propia mente y son el resultado de escucharnos y mantener una relación comunicativa eficaz con el mundo.

El “mindfulness” es una de las prácticas que representan esa tendencia que cobra sentido y empieza a interiorizarse, especialmente en círculos corporativos y en áreas relacionadas con la espiritualidad, el liderazgo y crecimiento personal. Mindfulness literalmente traduce atención plena. Es una práctica que responde a la necesidad occidental de adoptar enseñanzas espirituales de oriente, como el budismo y el hinduismo, que por siglos han sido fuente de paz, equilibrio, inspiración y consecuentemente, de consenso y relaciones respetuosas y productivas entre las personas.

Los maestros budistas e hinduistas plantean que eso que solemos llamar “yo” es una construcción simbólica que sostiene solo la armadura que oculta lo que realmente somos, algo muy similar a lo que sucede cuando enviamos y recibimos mensajes a través de las redes sociales: buscamos transmitir una imagen conveniente y sabemos bien de qué forma queremos que nos vean los demás pero, eso en muchas ocasiones, no refleja la realidad de nuestra vida. Según ellos, sólo cuando somos capaces de callar, serenarnos y prestar atención a lo que sucede en nuestra mente podemos encontrar un auténtico sentido de ser. Insisten además en que la quietud y el silencio son la semilla de la paz espiritual y la fuente de todo conocimiento. Esa atención plena que se logra por medio de la meditación, que nos lleva a descubrirnos y nos permite enfocarnos en una sola cosa a la vez es lo que, en una versión occidental, propone y defiende el “mindfulness”.

En una sociedad obsesionada por la competitividad, donde el tiempo, el conocimiento y la tecnología son los principales factores de productividad, el hecho de detenerse y aparentemente “hacer nada” por un momento, es con frecuencia visto como un desperdicio de tiempo. Esa obsesión con la actividad imparable va de la mano con la necesidad de las personas de mantenerse distraídas, huir del silencio y la inactividad; objetivo para el cual las tecnologías de información y comunicación ponen al alcance todos los medios.

Ya se ha discutido largamente sobre el papel de la tecnología en la vida humana y en nuestra posibilidad de evolucionar como civilización, y lentamente, quedan relegadas las visiones apocalípticas que consideran la evolución tecnológica como un proceso oscuro en el que las máquinas tomarán nuestro lugar. No obstante, no se puede desconocer que la híper conexión que caracteriza a nuestra época y la infinita disponibilidad de nuevos medios con que contamos nos confieren una sensación de poder que nubla nuestra capacidad de ver la vida con mayor profundidad y nos mantiene tan distraídos que, ya nos parece completamente natural ese ruido imparable en el que vivimos inmersos.

De ahí la relevancia de prácticas como el “mindfulness” que nos ofrecen los elementos para entrar en consciencia, mirarnos al espejo, equilibrar nuestra energía, conectar con el silencio y contemplar desde ese espacio infinito las posibilidades que tenemos como civilización si tomamos como punto de partida la grandeza que nos define.

Todo lo que hoy configura nuestro mundo es producto de nuestro propio ingenio y claramente el ritmo frenético al que se mueven las innovaciones no se detendrá pero, el poder para detenernos y tomar distancia, es y será siempre nuestro dominio. Solo necesitamos ser conscientes y hacer una pausa para dejarnos inspirar por la quietud en la que todas las cosas grandes y valiosas tienen su origen.

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Julian Gomez

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Diseñador gráfico de profesión, escritor por pasión. Apasionado por las ciencias humanas y sociales. Habitante curioso del mundo, crítico constructivo de la tecnología y las transformaciones globales. Coach profesional en formación.

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