El término “posverdad”, que se ha hecho popular a partir del año 2016 tras las elecciones presidenciales en Estados Unidos y la campaña del Brexit en el Reino Unido, y que, fue incluso declarado como palabra internacional de ese año por el propio diccionario Oxford, parece bastante acertado para definir la tendencia informativa que se impone en nuestros días, especialmente, en el campo de la política. La posverdad, que para muchos es un simple eufemismo para referirse a las mentiras, es una distorsión de acontecimientos reales que apela a mecanismos de persuasión como la emotividad y el efectismo, a los que también recurren el marketing y la publicidad, en el intento de convecer más a través de las emociones que de los hechos.

Esa ficción narrativa de la cual se benefician muchas campañas políticas alrededor del mundo, ha tenido un auge gigantesco gracias a la inmediatez con que hoy las redes sociales y los nuevos medios de comunicación permiten transmitir información de manera masiva. Si bien, es cierto que ya la propaganda política desde hacía varias décadas recurría a los argumentos emocionales y las mentiras para convencer a sus públicos objetivos (como fue el caso del infalible aparato de propaganda Nazi), es bastante claro que las nuevas tecnologías han venido a multiplicar las posibilidades de difusión y el efecto de las historias que, se crean como parte de la estrategia política.

Ante la rapidez con que la información pasa frente a los ojos de los usuarios de redes sociales y otros medios informativos, son pocos los que se toman el trabajo de contrastar lo que leen, ven y escuchan. En esa corriente irrefrenable de noticias y publicaciones de las que somos testigos a diario y, con la creciente pérdida del pensamiento crítico que caracteriza a la sociedad de la información, parece no haber tiempo ni voluntad para cuestionar lo que se recibe y prácticamente todo lo que llega es aceptado como cierto.

Eso explica porque hasta las noticias más ridículas tienen usualmente preferencia frente a la información veraz. Los creadores de noticias falsas toman ventaja de la tendencia de los grandes públicos a aceptar cómodamente las mentiras si éstas son adornadas con altas dosis de emotividad y, sobre todo, si están de acuerdo con los puntos de vista personales. En el imperio de la posverdad se reafirma el hecho que, una mentira repetida hasta el cansancio termina por adoptarse como una verdad, pero, muchas veces, vender una historia irreal ni siquiera implica repetición, sino simplemente una buena estrategia persuasiva.

Noticias falsas

Si bien la política tiene mucho que ver con el aumento de la información falsa y, ésta de hecho figura entre las tácticas populares de marketing político, no es acertado decir que la “posverdad” es un fenómeno exclusivo de este campo. Difundir historias que deforman la realidad es inherente a nuestra propia naturaleza y nuestra necesidad de quedar bien con otros, define mucho de lo que es hoy la comunicación y la interacción social. Es una práctica que se acentúa con la ilimitada disposición de medios para hablar, mostrarse, compartir intereses, opinar y mantenerse informado.

Nuestra tendencia a decir mentiras se ve estimulada por la posibilidad de que nuestras historias lleguen con facilidad a muchas personas.

Evidentemente, no se requiere ser un estratega de comunicaciones o un gurú de la propaganda para vender con éxito esas ficciones y convencer a los demás de su veracidad. ¿Cuál es entonces la lógica de las selfies en donde las personas se hacen ver como atractivas, interesantes, caritativas, intelectuales o protagonistas de viajes de ensueño y planes donde todo es magia y felicidad? En ellas y en otras publicaciones que circulan en masa por las redes, el propósito es el mismo: llamar la atención, crear una realidad y reforzar el valor personal en la mirada de admiración de los otros.

Ya se trate de fotos, noticias, videos, escritos u otros productos que se mueven por la red, es claro que la constante alteración de la realidad, además de definirnos socialmente, es emblemática de nuestro tiempo y da cuenta del poder que nos confieren las nuevas tecnologías para ser no simplemente receptores, sino también productores de información.

Para hacer honor a la verdad, vale también decir que muchos luchan por preservar la transparencia y hoy como nunca el periodismo serio enfrenta retos enormes. Los comunicadores se esfuerzan por preservar la ética de su profesión y a muchos niveles se impone la honestidad y la información producto de una labor investigativa juiciosa. Paralelamente, en muchos escenarios de la vida cotidiana se mantiene también la sana comunicación y las personas interactúan sin intereses calculados.

Ser conscientes de la “posverdad” no implica satanizar los medios informativos ni condenar las redes sociales.

Tampoco, promover la paranoia ni el juicio irracional al tipo de comunicación que predomina en nuestra sociedad. Este ejercicio de consciencia es más bien una exhortación al pensamiento crítico y al discernimiento frente a los mares de información que recibimos a diario, es de nuevo un compromiso por preservar la inteligencia y la capacidad de no tragar entero.

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Julian Gomez

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Diseñador gráfico de profesión, escritor por pasión. Apasionado por las ciencias humanas y sociales. Habitante curioso del mundo, crítico constructivo de la tecnología y las transformaciones globales. Coach profesional en formación.

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