Hay una escena que, muy seguramente, se repite todos los días en Colombia y en buena parte del mundo: el primer día de colegio, el niño con uniforme nuevo, el cartel con su nombre, el curso, la edad y una sonrisa que derrite a cualquiera. La mamá o el papá toma la foto, la sube a Instagram, Facebook o WhatsApp, y escribe algo como: “Mi bebé creció”. Llegan los corazones, los comentarios de la familia, las felicitaciones de los amigos. Todo parece tierno, normal, incluso hasta necesario.
Pero esa imagen también puede contar más de lo que debe! Puede mostrar el rostro del niño, su nombre, el colegio, la ciudad, el uniforme, la rutina, el entorno familiar y hasta pistas de dónde vive. Lo que nació como orgullo puede convertirse en una pequeña ficha digital. A eso se le conoce como sharenting, una mezcla de las palabras en inglés share, compartir, y parenting, crianza. UNICEF lo explica como la práctica de madres, padres o cuidadores que publican en internet fotos, videos o información sobre sus hijos, muchas veces sin que ellos puedan decidir o entender el alcance de esa exposición.
¿Qué es el sharenting y por qué se volvió tan común?
El sharenting no nace de la maldad. Casi siempre nace del amor, del orgullo y de las ganas de compartir la vida familiar. Antes, las fotos de infancia estaban en un álbum guardado en una repisa. Sólo las veía la familia o los amigos que iban a la casa. Hoy ese álbum vive en redes sociales, chats familiares, estados de WhatsApp, blogs, plataformas de video y servicios en la nube.
La diferencia es enorme: el álbum de antes tenía polvo; el de ahora tiene un montón de funciones que pueden llegar a hacer peligrosa esa presencia en línea, como por ejemplo: el buscador, capturas de pantalla, reenvíos, algoritmos y desconocidos mirando. Una publicación puede parecer privada, pero basta con que alguien la descargue, la comparta o tome una captura para que salga del control familiar (eso sin tener en cuenta los peligros asociados a los metadatos). Por eso el debate no es si los padres quieren a sus hijos. Claro que los quieren. La pregunta es otra: ¿cuánta vida de un niño debe quedar publicada antes de que ese niño pueda opinar?

UNICEF recoge una idea clave de la especialista Stacey Steinberg: compartir sobre los hijos sin involucrarlos en la decisión puede hacer que los adultos pierdan una oportunidad valiosa para enseñar consentimiento, privacidad y respeto por la identidad digital.
El problema no es una foto: es la suma de muchas pistas
Una foto aislada puede parecer inofensiva. El riesgo aparece cuando se acumulan datos. Un día se publica el uniforme del colegio. Otro día, la academia de fútbol. Luego, el barrio donde viven. Después, el cumpleaños con nombre completo y fecha. Más adelante, una historia en tiempo real desde el parque o el centro comercial. Cada publicación, por sí sola, parece pequeña. Juntas pueden formar un mapa bastante claro de la vida del menor.
Tal como Common Sense Media recomienda es bueno hablar con los niños sobre su identidad digital y enseñarles que publicar fotos o videos de otras personas requiere permiso. Esa idea aplica también para los adultos: si se quiere que los hijos respeten la privacidad ajena, los padres deben empezar respetando la de ellos.
En Colombia y otros países de Latinoamérica, muchas familias usan WhatsApp como álbum, como repositorio de noticias y hasta como sala familiar al mismo tiempo, el riesgo no está solo en una cuenta pública de Instagram. También está en los grupos donde una foto se reenvía sin pensar, llega a personas que no conocemos y queda flotando fuera del círculo original.
El riesgo de la huella digital infantil
La huella digital de una persona ya no empieza cuando abre su primera red social. En muchos casos empieza antes de nacer, con la ecografía publicada, la fiesta de revelación de género, el nacimiento, el primer baño, la primera pataleta, el primer día de jardín y cada cumpleaños. Así las cosas, lastimosamente, para cuando ese niño tenga edad de abrir su propia cuenta, tal vez ya exista una biografía completa publicada por otros.
Al respecto, El País, en un análisis publicado el 22 de junio de 2026, advierte que el sharenting puede traer riesgos como ciberacoso, pérdida de privacidad, uso indebido de imágenes, falta de regulación específica y creación de una huella digital sin consentimiento. También señala que el fenómeno se vuelve más delicado cuando las imágenes de menores entran en dinámicas comerciales o de exposición masiva.
La frase dura, pero necesaria, sería esta: los hijos pueden heredar una reputación digital antes de aprender a escribir su nombre completo.
La IA vuelve el problema más inquietante
Hace unos años, el principal miedo era que una foto circulara sin permiso. Hoy hay otro riesgo: que una imagen pueda ser manipulada. Con herramientas de inteligencia artificial, una fotografía común puede alterarse, sacarse de contexto o usarse para crear contenido falso, dañino y hasta pornográfico.
Hace varios meses, Europol informó sobre una operación internacional contra material de abuso sexual infantil generado con IA, con 25 arrestos en distintos países. El caso muestra que las imágenes de menores, incluso cuando nacen en contextos aparentemente inocentes, forman parte de un ecosistema de riesgo donde la tecnología puede ser usada de manera criminal.
Esto no significa que toda foto familiar vaya a terminar en manos de delincuentes, es algo más simple pero serio: cuando una imagen de un menor sale del control familiar, ya no hay garantía plena sobre su destino.
El sharenting también puede afectar la relación con los hijos
Hay otro daño menos visible, pero que existe es el de la confianza! Un niño puede crecer y descubrir que sus momentos íntimos fueron publicados sin permiso. Tal vez una foto de cuando lloraba parecía graciosa. Tal vez un video de una pataleta dio risa. Tal vez un diagnóstico médico recibió muchos comentarios de apoyo. Pero para ese niño, años después, puede sentir una especie de exposición injusta.
No todo lo familiar debe volverse público. Hay momentos de la crianza que necesitan acompañamiento, no audiencia. Los berrinches, castigos, enfermedades, accidentes, notas escolares, conflictos emocionales o momentos de vulnerabilidad no deberían convertirse en contenido para conseguir likes. El sharenting más grave no siempre es el que revela una dirección, a veces es el que enseña a los niños que su vergüenza también puede ser publicada.
Cómo practicar un sharenting responsable
El sharenting responsable empieza con una pregunta sencilla antes de publicar: ¿esta imagen protege la dignidad del niño? Si la respuesta no es clara, mejor no subirla. Cuando el niño ya puede opinar, conviene pedirle permiso. No como trámite, sino como lección de vida: “Esta foto me gusta, ¿le gustaría que la compartamos con la familia?”. Ese pequeño gesto enseña consentimiento mejor que muchos discursos.
También conviene evitar datos sensibles como colegio, uniforme completo, dirección, placas de carro, rutinas, horarios, documentos, ubicaciones en tiempo real o nombres completos. Si se quiere publicar una foto de un paseo, es más prudente hacerlo después de regresar, no mientras la familia está en el lugar.
Otra regla útil es pensar en el “yo futuro” del niño. ¿Le dará pena esta publicación en unos años? ¿Podría ser usada para burlas? ¿Muestra una parte íntima de su vida? ¿Estoy compartiendo por amor o por validación social? Esa pausa de diez segundos puede ahorrar problemas de años.





