Cuando los precios suben en la eléctronica de consumo Cuando los precios suben en la eléctronica de consumo

La electrónica ya no se abarata: Moore dejó de bajar los precios

Por qué suben los precios de la electrónica: fin del “descuento Moore”, dominio de nodos avanzados, inflación, aranceles e impacto en tu bolsillo.

Durante décadas nos educaron con una promesa silenciosa: la tecnología siempre mejora y siempre cuesta menos. No era un eslogan, era una experiencia cotidiana. Cada año, más potencia, menos consumo, más capacidad… y, si no bajaba el precio, al menos “rendía” mucho más por el mismo dinero. Esa costumbre se volvió casi una ley cultural, una mezcla de fe en la innovación y memoria selectiva. Por eso, cuando hoy miramos el precio de un teléfono “Buque Insignia”, una tarjeta gráfica o un computador portátil y sentimos un golpe en el estómago, no solo reaccionamos a una cifra: reaccionamos a que se está rompiendo un pacto emocional entre el consumidor y la industria.

El fragmento que propones captura bien el desconcierto: “no sé si ‘sufrir’ es la palabra… pero estamos acostumbrados a que la electrónica baje de precio”. Y ahí está el punto: quizá no estamos “sufriendo” por pagar más, sino desaprendiendo una expectativa. La electrónica, por primera vez en mucho tiempo, empieza a comportarse como el resto de la economía: materias primas, energía, salarios, logística, impuestos, riesgos geopolíticos… todo cuenta. Y ya no hay una magia técnica suficiente para esconderlo.

Moore ya no salva la cuenta

Durante 30 años, la llamada “ley de Moore” funcionó como un motor doble: más transistores (más rendimiento) y menor costo por unidad de cómputo. Aunque la realidad fue más compleja que la frase, el resultado práctico se sintió en el bolsillo: la industria podía ofrecer mejoras enormes sin disparar precios, porque la eficiencia del proceso compensaba.

Hoy ese motor parece haberse cansado, no porque la ingeniería se haya detenido, sino porque el “siguiente salto” es mucho más caro. Fabricar en nodos avanzados (2 nm, 1 nm) no es solo “hacer chips más pequeños”, es levantar catedrales industriales: equipos de litografía carísimos, fábricas ultraespecializadas, cadenas de suministro frágiles y talento escaso. En ese contexto, pedir que los precios bajen cada año es como exigir que un avión nuevo cueste menos que un bus, “porque vuela mejor”.

La fabricación avanzada se está concentrando. Si hay pocas compañías capaces de producir en la frontera tecnológica, y si la demanda es alta (IA, centros de datos, autos, defensa, celulares), la lógica de “descuentos automáticos” pierde sentido. La competencia ya no se da solo por precio, sino por capacidad, rendimiento, rendimientos de producción y acceso a cupos de fabricación. En otras palabras: el consumidor no paga solo por un chip; paga un lugar en la fila del futuro.

Inflación, cadenas rotas y el precio de la “seguridad”

A ese cambio estructural se le sumó la tormenta de los últimos años: inflación, energía más cara, transporte inestable, tensiones geopolíticas, y una palabra que vuelve a dictar precios: riesgo. Las empresas ya no optimizan únicamente por eficiencia; ahora también compran resiliencia: inventarios extra, proveedores alternos, producción “cerca” (nearshoring), auditorías, cumplimiento regulatorio. Todo eso no se ve en la caja del producto, pero se ve en el precio.

Y aparecen los aranceles como capítulo final del drama. El debate suele pintarlos como castigo o como patriotismo económico, pero en la práctica son un impuesto que se distribuye por la cadena: fabricante, importador, distribuidor y consumidor. A veces se negocia: “si construyes una planta aquí, alivio presión allá”. A veces solo se traslada el costo pero, casi siempre genera incertidumbre, y la incertidumbre, en negocios, se cobra por adelantado.

La trampa psicológica: precio absoluto vs. valor relativo.

Sí, el dispositivo cuesta más. Pero también es cierto que la capacidad que compras hoy (cómputo, cámara, pantalla, conectividad, IA local, eficiencia energética) era ciencia ficción hace pocos años. La pregunta incómoda es: ¿estamos pagando más por lo mismo, o pagando por algo que antes no existía?

El problema es que el consumidor no vive en “costo por token” ni en “rendimiento por watt”. Vive en la caja registradora. Y si el poder adquisitivo no crece al ritmo del salto tecnológico, el “valor relativo” se vuelve un consuelo teórico. No es que la explicación sea falsa; es que no compensa la sensación de pérdida.

Además, hay un matiz: no todo lo “nuevo” es necesario. El encarecimiento viene de competir en la cúspide: cámaras que pocos explotan, chips diseñados para cargas extremas, pantallas de lujo. La industria empuja el deseo porque ahí están los márgenes. Y entonces ocurre algo perverso: el mercado se llena de “imprescindibles” que, en realidad, son aspiracionales. Si el precio sube, sentimos que nos expulsan de una fiesta a la que antes podíamos entrar.

La pregunta compleja a nivel de tecnología
La pregunta compleja a nivel de tecnología

¿Entonces qué está pasando “de verdad”?

Tratando de ponerlo de forma simple:

  • La mejora tecnológica continúa, pero es más costosa de conseguir.
  • La producción con tecnología de punta se concentra en pocos actores y eso cambia el poder de negociación.
  • Las inversiones son gigantescas y necesitan retornos: no hay espacio para bajar precios “por inercia”.
  • Riesgo, aranceles e incertidumbre agregan una prima permanente al costo.

El consumidor quedó atrapado entre dos aparentes verdades: todo cuesta más y todo hace más.

Lo que viene: menos “rebajas”, más estrategia

Si esta lectura es correcta, la nostalgia por la electrónica “siempre más barata” no volverá como norma (por lo menos en varios meses o, incluso, años). Tal vez veremos ciclos: momentos de sobreoferta que bajen precios (especialmente a nivel de la memoria, como menciona el texto), y picos de demanda que los disparen. Pero el guion de “cada año todo baja” se está volviendo un recuerdo.

¿Y qué hacemos nosotros, los que pagamos la cuenta?

  • Comprar tecnología con mentalidad de vida útil, no de “estreno”, tratando de extender su utilidad. Valorar el salto real: ¿me cambia el trabajo, el estudio, la salud, el tiempo? Si no, quizá no lo necesito.
  • Exigir transparencia: cuando una marca sube precios, que lo justifique con algo más que marketing.
  • Y entender algo esencial: la era del hardware barato subsidiado por milagros de eficiencia está mutando hacia una era donde la capacidad de cómputo es infraestructura estratégica, casi como la energía.

No estamos “sufriendo” por la electrónica cara. Estamos enfrentando algo más inquietante: la idea de que el progreso tecnológico puede seguir, sí… pero ya no viene con descuento automático. Y eso nos obliga a madurar como consumidores: menos fe en la magia, más preguntas sobre el caso de uso, la vida útil, cómo se produce, y quién paga el costo real de la innovación.

Ilustración desarrollada con IA acerca del tema
Ilustración desarrollada con IA acerca del tema

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