La gente de MediaTek había anunciado hace meses las bases para el 6G y, recientemente, acaba de comenzar oficialmente la narrativa acerca de los dispositivos “6G-ready” con velocidades de hasta un terabit por segundo y latencias de 0.1 milisegundos. Las oportunidades son deslumbrantes. Cirugías hápticas a distancia, gemelos digitales de ciudades actualizadas en tiempo real, interfaces cerebro-computadora inalámbricas sin pérdida de rendimiento.
Pero mientras una parte del mundo celebra el salto cuántico, otra observa desde redes 4G saturadas y despliegues 5G incompletos. No es solo un lanzamiento tecnológico. Es el inicio de una nueva frontera digital.

Cuando el futuro se vende antes de existir
Empresas como Samsung, Huawei, Intel, MediaTek y otros han lanzado la primera generación de dispositivos compatibles con futuras redes 6G. Técnicamente, el estándar aún no está completamente definido. Comercialmente, el mensaje ya está instalado.
Esto no es un error de calendario. Es una jugada estratégica. En telecomunicaciones, quien lidera la definición de estándares captura patentes, regalías y poder regulatorio durante una década. El dispositivo 6G-ready no es un producto terminado; es una bandera plantada en territorio aún en disputa.

La geografía de la velocidad
El mapa del 6G en 2026 dibuja una frontera clara. Corea del Sur, Japón, China costera, Estados Unidos, Canadá y algunas economías europeas avanzadas están en la primera línea. Son países que completaron su despliegue 5G entre 2020 y 2023 y ahora pueden saltar a la siguiente curva.
Del otro lado están Latinoamérica, África subsahariana, partes del sudeste asiático y Medio Oriente no petrolero. Regiones donde el 5G sigue concentrado en zonas urbanas y el 4G continúa siendo la red dominante.
La brecha ya no parece ser de años, puede llegar a ser de generaciones tecnológicas. Cuando Seúl inaugure corredores 6G, en muchas ciudades latinoamericanas aún se discutirá cómo extender cobertura básica a zonas rurales. No es una crítica ideológica. Es una constatación estructural, lastimosamente, la infraestructura sigue el capital, no la necesidad.
La tecnología que pocos pidieron pero…
Hay una paradoja incómoda en este lanzamiento. La mayoría de los usuarios no necesita un terabit por segundo. Las aplicaciones cotidianas pueden llegar a funcionar adecuadamente con 100 Mbps estables. Entonces, ¿para qué el 6G en 2026?
La respuesta tiene tres capas.
Primero, el ciclo industrial. La industria de dispositivos y semiconductores necesita nuevas razones para renovar hardware cada dos o tres años. Sin nuevas generaciones de red, el mercado se estanca.
Segundo, la competencia geopolítica. Estados Unidos y China compiten por definir el internet de 2030. Controlar el 6G implica controlar el marco técnico del futuro digital.
Tercero, la infraestructura para IoT o la hiperconectividad máquina-a-máquinaa nivel industrial, la realidad extendida y hasta el Metaverso (que para muchos nació muerto) requieren latencias y densidades que, al parecer, el 5G no siempre garantiza.
Pero puede que ninguna de estas razones responda directamente a las prioridades de un emprendedor en Bogotá, un agricultor en Kenia o un estudiante en Manila.
El efecto vórtice
Lo más preocupante no es la brecha actual, sino su aceleración. Hasta el 4G, la diferencia entre líderes y seguidores era de tres o cuatro años. Con el 5G se amplió a siete. Con el 6G, algunos analistas proyectan hasta doce años de ventaja para las primeras naciones adoptantes.
Este fenómeno, conocido como efecto vórtice, crea un círculo virtuoso en las economías centrales: más infraestructura atrae más talento, que genera más innovación, que requiere aún más infraestructura. Mientras tanto, las regiones rezagadas quedan atrapadas intentando alcanzar una meta que siempre se mueve.
La creciente mayoría de las patentes 6G pertenece a un puñado de países. Latinoamérica apenas participa en ese map, ese dato ilustra el desequilibrio No estamos construyendo el nuevo estándar, seguramente tan sólo lo consumiremos cuando ya no sea nuevo.

¿Hay alternativa para la periferia?
Aquí es donde la conversación se vuelve estratégica. Latinoamérica y otras regiones no incluidas en la primera ola enfrentan dos caminos. El primero es repetir el ciclo de “seguir-al-lider perpetuo”, intentando alcanzar cada nueva generación cuando la siguiente ya comenzó.
El segundo es más complejo, pero potencialmente más inteligente: especializarse en capas superiores. No competir en la fabricación de chips o infraestructura base, sino liderar aplicaciones adaptadas a realidades locales. Agricultura climáticamente inteligente, monitoreo ambiental, salud preventiva con conectividad eficiente, redes comunitarias de bajo costo.
El progreso no siempre está en la capa física más avanzada, sino en el uso significativo de la tecnología disponible.
La paradoja de la justicia digital!
Febrero de 2026 será recordado como el inicio simbólico de la era 6G. Pero la historia no juzgará esta etapa por la velocidad alcanzada, sino por el impacto generado. Así las cosas, si el 6G termina siendo principalmente una mejora en entretenimiento inmersivo y descargas instantáneas, su legado será limitado. Si se convierte en herramienta para aumentar el PIB de diferentes países, acelerar investigación médica, modelar el cambio climático o democratizar educación avanzada mediante telepresencia asequible, entonces será transformador.
Pero para que eso ocurra, la infraestructura no puede concentrarse exclusivamente en una docena de países. Hasta entonces, la tecnología avanza en terabits por segundo. La justicia digital, en cambio, todavía se mide en metros de brecha por cerrar.






